Ubicado en una de las esquinas más concurridas de la Avenida Central, entre los barrios de Santa Ana y San Felipe, La Concordia es un emblemático edificio que desde principios del siglo XIX, dio vida a muchos negocios e instituciones. A su alrededor se encontraban carnicerías, pequeños comercios, iglesias, edificios gubernamentales y las casas de la alta sociedad panameña. Desde la terraza se podía incluso apreciar la ciudad amurallada y los suburbios, incluyendo granjas y huertos que se observaban a lo lejos.
La construcción del Canal de Panamá atrajo una nueva ola de inmigración a la ciudad a finales del siglo XX. Este encantador edificio, propiedad de la familia Vallarino-Zubieta en ese entonces, fue arrendado a la “American Silvers & Paterson Association” con el propósito de ser transformado en un hotel: “La Concordia”. Era uno de los edificios más altos de esa época, donde una cantina, una fábrica de puros y un almacén ocupaban su planta baja, mientras que un quiosco cubierto coronaba el edificio, ofreciendo una espectacular vista de la bahía, el Cerro Ancón y la Catedral.
El 1 de febrero de 1906, entre toda la polémica de la construcción del Canal de Panamá, un incendio despiadado se originó en la cocina de La Concordia, propagándose desde las paredes de madera hasta el resto del edificio. Aunque varios bloques fueron reducidos a las cenizas, este acontecimiento no fue motivo suficiente para borrar a este icónico edificio del mapa.
Durante la primera mitad del siglo XX, La Concordia experimentó su verdadera era dorada, al hospedar negocios como la Compañía Bancaria de Panamá, una tienda de vinilos de la compañía discográfica líder en la industria musical de la época: “Victor Talking Machine Company” y la compañía tabaquera del Istmo. Durante un breve período de tiempo, este edificio histórico sirvió como sede del consulado de los Estados Unidos Mexicanos para la República de Panamá y la Zona del Canal. Posteriormente fue un bar, una escuela, una farmacia y la primera compañía de seguros internacional en Panamá, cofundada por el propietario de La Concordia en ese momento: Carlos W. Müller.
Durante la Segunda Guerra Mundial, una recesión económica obligó a los propietarios a abandonar sus propiedades, dejando atrás un paisaje de casas de madera con pintura pelada y balcones sombríos que se deterioraron a medida que pasaban los años. Aquí tuvo lugar una importante transición: desde el lujo y la exclusividad social, San Felipe se había convertido en un lugar para personas con escasas posibilidades económicas. Después de la invasión en 1989, la progresión de Panamá hacia un país democrático inició un proceso de revaluación de la identidad.
Después de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997, el Casco Viejo que había sido abandonado, resurgió para mostrar el orgullo local. A raíz de esto, se anunció la Expansión del Canal de Panamá, y el mundo, una vez más, tuvo Panamá en la mira. Se repitió la historia. La economía panameña floreció una vez más, y restaurantes, bares, hoteles, tiendas y plazas en el Casco comenzaron a llenarse de gente aventurera y curiosa por descubrir el sueño americano en Panamá. Casco Viejo se transformó en un sitio cultural y de moda tanto para extranjeros como para panameños. En 2012, la oportunidad de restablecer un proyecto de alojamiento en La Concordia fue aprovechada por la Familia Fornós. Ahora, este edificio icónico es un romántico hotel boutique que ofrece el lugar perfecto para experimentar el pasado y el presente de Panamá. Un lugar donde se puede disfrutar de un recuerdo antiguo y maravillarse con el entorno contemporáneo de Panamá. Un nuevo capítulo está siendo escrito en la “Finca 74”, que comienza con el resurgimiento de La Concordia. Enriquezca su estancia en los trópicos visitando este seductor edificio, en el cual, ni siquiera el un despiadado incendio fue motivo suficiente para hacer que la magia desapareciera. Esta vez, la historia no sólo se repite. Esta vez, la historia eclipsa su pasado.